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El viaje vital del arte y la política en Julio Cortázar

Abbate, Florencia Icon

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Fecha

09/2024

Editorial

University of Maryland. Latin American Studies Center

Revista

Hispamérica

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ISSN

0363-0471

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Español

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Resumen

Cuarenta años después de su muerte, Cortázar se ha convertido indudablemente en uno de los principales autores del canon, uno de esos que las nuevas generaciones de lectores reconocen por el nombre, junto con Borges, como uno de los “grandes escritores argentinos”.¹ Sin embargo, muchos escritores y críticos argentinos, cuando la prensa les consulta por él, a menudo tienden a menospreciarlo o a tomar distancia y describirlo como un amor juvenil cuya lectura no resiste el paso del tiempo. De las figuras canónicas, parece ser a la vez la más amada y la más denostada; a diferencia de Borges (a quien nadie osa ya objetarle nada), habilita una libertad de opiniones que no es común en aquellos que con el tiempo se vuelven “un figurón”. La pregunta por Cortázar, para bien o para mal, tiende a suscitar respuestas pasionales. Por otra parte, parece tratarse de una figura de escritor multifacética, como si hubiese varias figuras o personajes conceptuales que conviven bajo ese apellido: algunos expresan admiración por el “Cortázar cuentista” o el “primer Cortázar”, el de los relatos fantásticos de las décadas de 1940 y 1950 (Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959)), que quedó asociado a un cierto elitismo anti-peronista; otros adoran al autor de Rayuela (1963), al escritor popular que fue parte del boom latinoamericano, consagrado por la masividad y la identificación de la juventud con su libro (hoy se diría, un “rock star”); hay quienes prefieren recordarlo como un vanguardista o un experimental, el inventor de novelas-artefacto como 62 Modelo para armar (1968) o libros raros y visuales, con algo de collage, a la manera de La vuelta al día en 80 mundos (1967), Último round (1968) o Prosa del observatorio (1972); y también se lo recuerda como un intelectual de izquierda, por lo que él mismo definió como su período de “militancia ideológica”, el autor de Libro de Manuel (1973), Nicaragua tan violentamente dulce (1983) y otros tantos escritos.

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