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Wittgenstein y la encrucijada moderna

Garmendia, Santiago Icon

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Fecha

2012

Editorial

Universidad Nacional de Tucumán. Facultad de Filosofía y Letras

Revista

Título del libro

Lenguaje y mundo

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eISSN

ISBN

978-950-554-741-8

Idioma

Español

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Aquí tienes la transcripción completa de los párrafos del documento en image_ef10ca.png, omitiendo la nota al pie de la primera página: Este trabajo surge a partir de la identificación de una conocida tensión tractariana, a la que pretendo relacionar con su particular lugar en la tradición filosófica. La denominaré «paradoja de la moral inútil». Lo de «inútil» intenta expresar que es postulado innecesario, poco más que un gesto. Una de las manivelas que giran en falso según las Investigaciones Filosóficas. Recordemos que la lección allí es «una manivela que puede ser girada sin que nada más se mueva no es una parte del mecanismo»¹. Mutatis mutandis, una moral artificiosa no cumple ningún rol, no es parte de la explicación, sólo es algo así como un agregado engañoso. Comencemos señalando que la paradoja se refiere al sujeto de la filosofía. Alude a la ilusión de que la filosofía es un saber incondicionado. El paradigma es aquí la moral provisional cartesiana, una muestra de máxima pureza de la tensión teoría-práctica de la era moderna. Como sabemos, en la modernidad se conjugan de un modo conflictivo —digamos ideológico— la conciencia de la importancia práctica y social del conocimiento (aquello de «hacernos amos del universo»), con una visión angélica de la filosofía. Se piensa que es el saber de un individuo cuya experiencia o intelección es fundamento del conocimiento —un rol que implica que es a su vez incondicionado—, siendo la historia el trayecto de su emancipación de la tradición política, social e intelectual. «La verdad os hará libres» como dice el texto bíblico. Los filósofos modernos agregan: a la verdad llega el individuo con su la razón o su experiencia. Podemos decirlo de un modo muy familiar para la sociología del conocimiento: hay una asimetría entre la verdad y el error. La causa de la verdad es el individuo, la de la falsedad es el mal uso de sus facultades, o, más comúnmente la sociedad, la autoridad o el propio lenguaje (los autómatas de Descartes, los universales de Berkeley y de Hume, etc.). Sobre este asunto podemos afirmar que el Tractatus de Wittgenstein comparte indudablemente cierta actitud moderna de reedificación de la filosofía sobre unas nuevas bases que se asientan —esta vez— en la reflexión sobre el lenguaje y sus supuestos. El lenguaje es para el primer Wittgenstein el Dios del bien y del mal: la causa de nuestras confusiones y el instrumento vital de lo humano. La reflexión sobre el lenguaje es equivalente a la reflexión sobre el mundo, la vida y el valor, si entendemos «reflexión» también en el sentido de una crítica kantiana sobre los límites de lo decible en cuanto al mundo, la vida y el valor.

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