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Catolicismo y peronismo: La zona gris

Lida, Miranda Icon

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Fecha

12/2010

Editorial

Pontificia Universidad Católica Argentina "Santa María de los Buenos Aires". Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Historia Argentina y Americana

Revista

Ecos de la Historia

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Institución organizadora

ISSN

1852-5474

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Idioma

Español

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Resumen

A mediados de 1954 no había nada capaz de predecir la tormenta que no tardaría en avecinarse entre el catolicismo y el peronismo. El 31 de mayo tuvo lugar un pintoresco desfile en honor a Pío X, que circuló desde el cruce de Avenida de Mayo y 9 de Julio —sitio habitual de las manifestaciones peronistas— hasta Plaza de Mayo, con gran número de curiosos y de público, y sin generar el menor roce con el gobierno. Lo mismo cabe decir de la celebración del Corpus de 1954: como todos los años, la Municipalidad colaboró en la preparación del acto, prestó los altoparlantes y permitió que se colgaran en los postes del alumbrado público gallardetes con las banderas nacionales y pontificias. Se sugiere de este modo que es necesario dejar a un lado las interpretaciones deterministas en la relación entre catolicismo y peronismo —sin duda, las más—, a fin de proponer una lectura que evite contrastes agudos entre los dos polos1 . Ingresemos, pues, en la zona gris. En los años peronistas, de todas maneras, no puede decirse que al catolicismo le haya ido bien: tras haber alcanzado gran protagonismo en los años treinta, comenzó a notar cómo su buena estrella se fue apagando progresivamente. No porque Perón haya tenido la intención premeditada de ponerle trabas a la Iglesia, o de colisionar con ella. Sin embargo, no pudo evitar que sus efectos se hicieran sentir, a tal punto que llevaría a alterar el tono de las movilizaciones católicas tal como hasta entonces se las conocía: se hizo necesario dejar a un lado la reverencia y la solemnidad habituales en las procesiones religiosas. Por contraste con tal aspecto ritual, el 17 de octubre encontró a las multitudes en pleno júbilo con sus pies en la fuente de Plaza de Mayo, tal como las retrató una célebre foto. El peronismo se nutrió de un espíritu carnavalesco, difícil de conciliar con la rigidez de las fiestas católicas más tradicionales. Las banderas y las consignas coreadas por las multitudes —ya no en el latín de la década de 1930, sino en un español a veces demasiado tosco— se volvieron contagiosas...

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